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blog (poesía)

El futuro tiene forma de huracán es un verso de uno de los poemas finales de La selva en que caí (Torremozas, 2007). Este blog nació, bajo otra dirección en 2009, con el objetivo de difundir la cultura en general y la poesía en particular, con especial interés en la creación de los más jóvenes y en la creación de las mujeres.

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La lluvia, la palabra grenouille, las mandarinas y las cerezas en la torre Eiffel, la Avénue de Ségur.

Dicen que es verano, tan verano como aquel verano de los veinte años cuando llegué a París por segunda vez y trabajaba para una agencia que organizaba cursos de idiomas. Soñaba tanto con hablar bien francés que me esforzaba en pronunciar las erres marcándolas como en la palabra grenouille. Recuerdo que era verano y recuerdo que vivía en la casa de una familia rica de París, recuerdo que era rica porque vivíamos en Víctor Hugo. Mis compañeros huéspedes eran dos chicos japoneses: pelo lacio, oscuro, ojos rasgados y movimientos constantes de cabeza. La señora que nos cuidaba siempre se pintaba los labios de rosa chicle y le quedaban tan bien que luego siempre he querido pintarme los labios de color rosa chicle. Aquel verano hubo una tarde en la que al salir de la oficina empezó a llover. Cuando salí del metro aún llovía. Llevaba unas sandalias que eran en realidad chanclas, y la lluvia me empapaba los pies y no podía andar. Me mojaba tanto que no podía avanzar. Los pies se pegaban a la suela de las sandalias y después de pegarse hacían que me resbalara. Yo no sabía si era mejor quitarme las sandalias e ir descalza o dejarlas puestas. No tenía frío. La lluvia en verano no se vuelve fría, en París, no. Recuerdo aquella tarde porque hoy París me ha mojado los pies exactamente de la misma forma. No tenía paraguas, pero tampoco quería comprar un paraguas porque estaba recordando aquella tarde de los veinte años, por eso seguía andando y por eso no quería paraguas, ni soportales.

La gente debería poder pagar por los recuerdos. Debería poderse querer recordar y meter la moneda en la ranura de la máquina de la nostalgia para que el motor empiece a andar; como en las películas antiguas en el cine, así, a tropezones, despacito, con las imágenes en blanco y negro como costándoles.

En realidad no sabes que por eso París siempre será/ un lugar/ lleno de gris y hojas muertas,/ la ciudad de los edificios señoriales/ que yo misma construí sobre cada uno/ de los lunares de mi cuerpo. Un año después, así, no exacto pero casi, un año después de que París se quedara con todas las historias, y yo no lo había planeado, pero me he puesto a apretar el gatillo de la cámara y las imágenes han empezado a recordar la historia. Llegué empapada al restaurante en el que M. y L. me estaban esperando. M. y L. son dos de mis parisinas preferidas, aunque en realidad ninguna de ellas haya nacido en París. ¿Cómo saldrá el recuento dentro de algunos años más si los amigos se recuerdan con los dedos de una o de dos manos? Nos reímos. Hoy nos hemos reído, de lo bueno y de lo malo. Hace tanto bien reírse a carcajadas. Después L. tenía que marcharse y M. me llevó a su casa y jugué a los piratas con S., y te llamamos para darte las buenas noches aunque en realidad en París siguieran siendo las 6 de la tarde. También deberían ponerse más de acuerdo con las franjas horarias cuando se echa de menos. M. me regaló una pulsera hecha de círculos de colores que S. había hecho y B. no dejaba de preguntar por la piscina que le habíamos enseñado en la foto. A. y S. y B. se pusieron a hacer una tartaleta de manzana y entonces me despedí de ellos, porque de todas formas no podía seguir estando alrededor de la harina.

Volví a meterme en el metro para ir hasta la casa de Y. Conozco mejor el metro de París que sus calles y eso es una desgracia. Me pasa lo mismo con algunas de las líneas del RER. Hay algo maldito ahí dentro que hace el ritmo le alcance a una. Y no nos damos cuenta cuando hablamos de otros y del miedo, pero enseñamos a herir por si nos duele. Cuando salí del metro el cielo estaba ya despejado y me di cuenta de que Y. al mudarse, se ha ido a vivir justo a dos manzanas de la otra agencia en la que trabajé un año, hace mucho menos tiempo. Tuve que hacerle una foto a los pies de su bebé, porque me sigue obsesionando el dedo gordo de los pies de los bebés. Y. está cansada, pero me dijo que no me preocupase, que era cuestión de tiempo. Yo le respondí que no conocía a ningunos padres que no estuviesen cansados.

Al salir y meterme de nuevo en el metro aún era de día, así que quise intentar llegar a la torre Eiffel porque de repente me di cuenta de que las veces anteriores no me había acercado. Encontré un puesto de frutas en la calle, así que pude comer mandarinas y cerezas sentada viendo acostarse al sol por el lado derecho de la torre. Ahí me di cuenta de lo mucho que voy a deberle el resto de mi vida a ese césped lleno de calvas y miles de turistas.

Te escribo esto también para decirte que bajé hasta el Ecole Militaire, crucé el paso de peatones de siempre y seguí por la Avénue de Suffren hasta la Unesco. Justo ahí me descalcé y quise pisar la hierba seca de la calle, porque pensé que aquella acera la hemos pisado tantas veces que probablemente no me pareciera diferente con los pies descalzos. También me descalcé porque volví a recordar la lluvia y aquella tarde de verano. Vi margaritas. Cuando llegué a la Avénue de Ségur me paré frente al número 79 y le hice una foto al portal y a la ventana: tienes que saber que alguien sigue teniendo las mismas cortinas de la casa. ¿Recuerdas aquella tarde en Cambronne? Cuando no esté, espérame, te dije,/ y ni siquiera en invierno sentí el frío.

Me fui al hotel desde Ségur. Estoy segura de que París siempre será una casa, aunque toda ella arda. Estoy segura: por más que alguien no lo quiera,/ la ciudad nos pertenece,/ siempre,/ por un íntimo derecho o una batalla/ que alguna vez, en algún momento,/ ganamos por méritos/ y nostalgia.

(Tom Waits canta Waltzing Matilda).

 

S.