writer - graphic designer

blog (poesía)

El futuro tiene forma de huracán es un verso de uno de los poemas finales de La selva en que caí (Torremozas, 2007). Este blog nació, bajo otra dirección en 2009, con el objetivo de difundir la cultura en general y la poesía en particular, con especial interés en la creación de los más jóvenes y en la creación de las mujeres.

El visitante admite y acepta que los derechos de propiedad industrial e intelectual sobre los contenidos y/o cualesquiera otros elementos incluidos en este blog son propiedad de Sara Herrera Peralta y/o de terceros, en cuyo caso se citará siempre el autor y la fuente.

Si alguno de los autores del material utilizado no desea que éste aparezca en en blog, por favor, envíe un e-mail a la dirección sherreraperalta@gmail.com y se eliminará de inmediato.

Hasta la vista

Crisis. Hace años que llevo a cuestas, como todos, el sustantivo crisis. Empezó por ser una crisis económica, social, conjunta. Terminó por ser una crisis personal. 

Cuando estalló la crisis, ésa que nos estalló a todos, a nosotros, la generación que todo lo iba a tener fácil, la sobreformada, la generación de las promesas y luego la generación que ha tenido que moverse como lo hicieron nuestros abuelos, sin tanta hambre y tanta miseria, pero con dureza y sacrificio y también miseria según qué casos, porque hay familias en verdaderas situaciones de riesgo social, yo vivía ya en París y no había emigrado por la crisis, había emigrado persiguiendo un sueño. Cuando estalló esa crisis yo vivía ya en París, la ciudad de la luz, que es en realidad una ciudad gris pero con edificios señoriales y un halo bohemio y nostálgico que hace irremediable que París siga viviendo de su pasado más que de su presente, de lo que es ahora ya, en nuestro siglo. 

El mismo año que llegué a París publiqué mi primer libro de poesía, era el año 2007, pero no fue París la ciudad que me hizo escribir poesía, yo ya llevaba haciéndolo muchos años antes, aunque la casualidad quisiera que publicara mi primer poemario el mismo año en que llegué a la ciudad de la luz. 

Desde entonces, desde que vivo en capitales, mi poesía ha hablado a menudo, aunque no siempre, del ritmo de esas ciudades y de sus habitantes, y habla probablemente de eso porque yo no soy más que una niña de pueblo, mitad de Trebujena, mitad de Jerez, asombrada y temerosa a veces ante ese ritmo y el color de las calles. Mi familia es una familia humilde y trabajadora que ha luchado toda la vida por salir adelante, y yo me siento muy orgullosa de los valores que me han inculcado, aunque todos nos hayamos equivocado alguna vez por el camino. Los abuelos han sido siempre una parte importante en nuestra familia, y mis padres han dedicado su vida a cuidar de ellos, a estar cada día, también en los momentos en los que la enfermedad y la tristeza han invadido la casa. Entre esos valores están la humildad y la honestidad, pero también el trabajar sin cese por la vida y por los sueños. Esto último me lo han inculcado sin darse cuenta. Creo en los sueños, necesito empeñarme en los sueños, porque sin sueños o sin metas, sin objetivos definidos, sin empeño, sin la lucha, la vida se me apaga. 

En ese empeño, siempre he soñado, igual que soñé mucho, muchísimo, con vivir algún día en París, con ir a África. África no es un país, pero he idealizado África como he idealizado otras muchas cosas, y el continente africano se empeña en meterse en mi cabeza desde hace años. A finales de esta semana haré las maletas y me iré quince días a una aldea de Ghana, a unas dos horas de Accra. Allí trabajaremos con la comunidad local en un proyecto de microcréditos. Gracias a todos los que habéis colaborado con la colecta para el proyecto de este año y los futuros. Prometo contar a la vuelta en qué habéis podido colaborar con el granito de arena de cada uno de vosotros. 

Escribo esto por dos motivos, el primero, para avisaros de que estaré sin conexión durante ese tiempo, con otro ritmo, mucho más lento del ritmo de estas ciudades de París o Londres: no responderé a e-mails ni estaré en las redes sociales. El segundo, es para reflexionar en voz alta y deciros, decirme, que los sueños llegan cuando quieren llegar, y los míos se empeñan en llegar siempre con la casualidad en la extraña dimensión del tiempo.

Si escribo, si utilizo mis manos para coser, para pintar, una cámara de fotos para quedarme para siempre con un momento, es porque a menudo necesito huir. Ojalá no necesitase escribir. Escribir es a menudo más doloroso que divertido, aunque a veces también lo sea. Necesito algo que me haga crack, que separe una etapa de otra, que inicie otro ritmo en mi vida. Ojalá que el viaje pueda ser ese crack

Todo empezó con un despido colectivo en un trabajo, con una experiencia laboral difícil y dura, que terminó dejándome en la cola del paro aunque con buenas condiciones de desempleo. Después llegó la enfermedad, médicos que me decían que necesitaba un psicólogo cuando lo que tenía era una intolerancia alimenticia. Miedos que despertaron y aún no se han ido. Después llegó la muerte de mi primer abuelo, la tristeza, la sensación de inutilidad que no había tenido nunca antes. Meses después, la muerte de mi segundo abuelo y otros meses más tarde, la de una de mis abuelas. Tres de mis muertos en un año. Desde entonces, el luto, trabajar la memoria y asumir la enfermedad grave de otra persona, la imbecilidad de algunos ante el dinero, el dolor de mi familia, de mis padres, que lloran aún la muerte de los suyos y conviven con mi abuela, quien el día del tanatorio no dejó caer ni una lágrima y me dijo por mí no te preocupes, yo voy a ser fuerte, aunque después en cada visita al cementerio, al llevar flores a mi abuelo, haya arrancado a llorar sin remedio cada una de las veces. 

Necesito una huida no para esconderme, necesito una huida para reconciliarme con el mundo y con la vida. Una de las personas a las que más quiero en este mundo me dice siempre que no debemos huir, que debemos enfrentarnos a la realidad de la forma más consciente posible, ser fuertes. Esa es la impresión que tengo, que no he podido huir durante bastante tiempo y sé que una huida, pequeña, de solo quince días, podría ser mi crack, mi recarga, mi perdón para el mundo, mi forma de aceptar determinadas cosas. Y confío en esa huida porque todo el mundo habla de las sonrisas de las mujeres, hombres y niños en esas tierras en las que sin tener todo lo que a nosotros nos sobra, siguen adelante. Necesito verlo, comprenderlo, porque espero que a la vuelta sepa ver el mundo de otra forma.

Sé que quince días no son nada, pero a mí me bastan para empezar de nuevo.

¡Hasta la vista!