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blog (poesía)

El futuro tiene forma de huracán es un verso de uno de los poemas finales de La selva en que caí (Torremozas, 2007). Este blog nació, bajo otra dirección en 2009, con el objetivo de difundir la cultura en general y la poesía en particular, con especial interés en la creación de los más jóvenes y en la creación de las mujeres.

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Ítaca (y los optimistas)

Sara salió de casa tres horas antes de la hora estimada del vuelo. La parada del autobús que lleva directamente al aeropuerto de Stansted está a cinco minutos de la casa. Cuando llegó a la parada había un chico, el chico 1, esperando al autobús. Un cuarto de hora después llegó otro chico, el chico 2. Media hora después de la hora prevista de llegada del autobús, éste aún no había llegado.  El chico 1 preguntó al chico 2 si iba a Stansted, el chico 2 respondió que sí. El chico 1 le avisó de que el autobús tenía aún 10 minutos más de retraso según la aplicación del teléfono móvil. Gracias. De nada. 10 minutos más tarde llegó el autobús. El conductor bajó y advirtió: llegar hasta Stansted llevaría, en principio, tres horas (lo normal es una hora). Un accidente en la autovía había provocado el cierre de la carretera por lo menos durante dos horas más.

El chico 1 miró al chico 2. Yo perdería el vuelo, ¿tú? Yo llegaría muy justo, tal vez lo pierda también. El chico 1 y el chico 2 miraron a Sara: ¿Tú vas a Stansted? Sí, respondió, y yo lo perdería seguro. Silencio. Los tres volvieron a mirarse. El chico 1 propuso intentar llegar en tren y llegar a la estación del tren en taxi: Let’s share a taxi… (¡compartamos un taxi!). Perfecto, respondieron Sara y el chico 2. Diez minutos más tarde consiguieron uno después de correr hasta la parada más cercana.  El tráfico en el centro a esa hora era también caótico. Cuando subieron al taxi, a las 14:20,  preveían tardar unos veinticinco minutos. Con mucha suerte, llegarían al tren de las 14:52. A las 14:52 estaban los tres aún en el taxi atrapados en un atasco, cruzando los dedos por llegar a tiempo a coger el de las 15:07. We won’t make it (no lo conseguiremos), y el chico 1 seguía mirando la aplicación del tráfico en el teléfono móvil: We never know, let’s try it (nunca se sabe, ¡vamos a intentarlo!). A las 15:07 seguían en el taxi, en otra calle pero en el mismo atasco, y cruzando aún los dedos esta vez por llegar al de las 15:22. A las 15:07 seguían en el taxi cuando vieron la boca de metro: una parada antes de llegar a la estación. Después del comprobar el tiempo que les había llegado avanzar cien metros, el chico 1 propuso pagar, bajar del taxi y coger el metro hasta la estación.

Al llegar a los tornos del metro, la tarjeta del chico 2 no pasaba. No tenía suficiente crédito. El chico 2 era el que más tarde tenía el vuelo e hizo señas a Sara y al chico 1 para que siguieran sin él mientras iba a cargarla. El chico 1 y Sara dudaron y posteriormente salieron corriendo. 1 minuto después de llegar al andén, se metieron en el vagón. Llegaron a la estación de trenes a las 15h15. Sara llevaba una maleta grande y pesada y el chico 1 una bolsa de mano, el chico 1 le propuso intercambiarlas y correr. 3 minutos después de llegar al andén, llegó el tren. 1 minuto después de que el chico 1 y Sara subieran al vagón, el chico 2 volvió a aparecer. Los tres rieron.

¿Cómo os llamáis?, preguntó Sara. David, respondió el chico 1. Mauro, respondió el chico 2. Mauro era italiano: su destino era Roma. David era inglés: su destino era Málaga. El tren tardaba 35 minutos en llegar al aeropuerto de Stansted. Los tres empezaron a contar anécdotas para engañar al tiempo y a los nervios. ¿Viajas por trabajo?, le preguntaron a Sara. No, el domingo sí, en dos días, hoy voy a visitar a mi familia. Bueno, y a llevarles flores a mis abuelos, porque mañana en España todo el mundo va a recordar a sus muertos. En Italia también, respondió Mauro. En Inglaterra no, respondió David. Por nada del mundo querría perder este avión, ¿sabéis?, por nada del mundo. ¿Todos los años vas a llevarles flores a tus abuelos? No, el año pasado en estas fechas los días vivían.

Yo voy también de fin de semana, siguió Mauro. ¿Y tú?, le preguntó a David. Yo… bueno, voy a quedarme un mes, mi novia está embarazada de nueve meses, sale de cuentas este fin de semana, puede dar a luz en cualquier momento.

David era de los tres el que más serenidad había mostrado, el que en realidad fue montando el plan sobre la marcha, por el que probablemente tanto Mauro como Sara llegaran al aeropuerto esa tarde. Tres personas desconocidas que se unen para intentar algo conjunto. Tres viajes y tres destinos distintos. Uno hacia el presente, otro hacia la vida acabada, otro hacia la vida que empieza. Es muy difícil explicar los gestos, las frases y el empeño de las personas optimistas, pero Sara cogió finalmente el avión (sin pasar por la facturación, saltándose la cola del control de seguridad, corriendo sin parar con una maleta durante diez minutos de una punta a otra del aeropuerto), gracias al optimismo de David.

Este post es para seguir convenciéndome de que las personas optimistas, las de la energía positiva, llegan más lejos en la vida. Cuando David llegó al aeropuerto, su avión debía estar despegando. Probablemente (pensaría una persona cualquiera), lo haya perdido, eso nunca lo sabré porque al llegar a la terminal volvimos a intercambiarnos las maletas, nos despedimos y salimos corriendo cada uno para un lado. Sin embargo, cabe la posibilidad de que no fuera así: Tal vez, con suerte, el vuelo tenga retraso, me dijo antes de despedirse. Ahora sonrío y me lo imagino abrazando a su novia y llegando a tiempo para dar la bienvenida a la hija que ambos esperan.

Cuando me senté en el avión, abrí el libro que llevaba en la mochila y me puse a leer, Chantal Maillard me dijo:

“Ítaca, cualquier Ítaca, es un lugar interior. Ese origen al que, en determinados momentos de nuestra vida marcados por un esencial cansancio, anhelamos volver no es un lugar geográfico, ni tampoco metafísico, es un estado. Volver al origen es volver a ese estado inicial en el que, desprovista la mente de elementos suficientes para establecer comparaciones y, por lo tanto, inhábil aún para el juicio, somos dilatada conciencia, vivencia inmediata de un presente envolvente. Acaso la inocencia no sea otra cosa que la incapacidad para el juicio, y ésta sea la razón de que, en los primeros albores de la existencia, el mundo sea experimentado con sencilla y gozosa plenitud. Ese gozo sin motivo, esa plenitud es a lo que nos referimos cuando hablamos de 'la infancia' con nostalgia, es lo que esa palabra significa, lo que señala. Y si del territorio en el que transcurrió nos vimos, por cualquier motivo, exiliados, es a él al que ingenuamente creemos que hemos de volver para recuperarla. MiÍtaca es, o ha sido, Bélgica".

Chantal Maillard - Bélgica (Pre-textos, 2011).


Mi Ítaca está entre Trebujena y Jerez y, por primera vez, vuelvo a casa sabiendo que ellos no estarán, que tenemos que trabajar la memoria y el recuerdo.
"y eso"sara5 Comments